Una cita en el puente

Ella me dijo que no. Sentencio Jonás junto a su amigo, un árbol.

Estaba esperando en el puente, impaciente y atormentada. Bastaba con verla para saber que nada bueno saldría de aquella conversación, sin embargo Jonás se acercó esperando algo distinto a lo que, desde hace tiempo,  temía.

-¿Me amas?, Preguntó ella sin mayor aspaviento, -Necesito saber que me amas, pero eso no basta, prométeme amor eterno, júrame que siempre estarás conmigo, siempre.

Sus exigencias le resultaron apabullantes, él no estaba preparado para responderlas, la amaba,  de eso estaba seguro, pero aquello del “para siempre” lo aplastaba, lo asfixiaba. Deseaba estar con ella sin sentencias ni ataduras de por medio, continuar queriéndola sin mandato alguno. En libertad.

-…No se… no puedo prometerte eso de para siempre–   le dijo sincero y desconcertado.

La chica dejó caer sus lágrimas, -no puedo, necesito estar segura-  pronunció sentenciando el final.

-¿Te vas con ese tipo, cierto? Jonás trató de atacar para obtener alguna respuesta, con el objetivo de que ella se acercara para defenderse, y entonces pudiera tomarle la mano para no soltarla otra vez, pero no sucedió.  – Quédate conmigo… –   le rogó, pero  ella respondió con un No y un Adiós entre susurros y llanto. Dio un giro y comenzó a caminar de vuelta al puente, de vuelta a su vida sin él.

Jonás se quedó viéndola, la observó con cobardía, mientras se alejaba sin que pudiera hacer algo para cambiar el rumbo de la historia. Comenzó a correr en la dirección contraria, corrió hasta la carrera 24 donde reposa su mejor amigo, que siempre le sirvió de escucha, consejero y abrigo.

El viejo compañero estaba allí, como siempre, esperándole con sus ramas abiertas, como diciéndole ven, cuéntamelo todo, que la palabra puede mitigar ese dolor. Pero Jonás no tenía ganas de hablar esta vez, solo fue capaz de pronunciar un breve “Ella me dijo que no”. En ese momento Jonás era capaz de una cosa, nada más. Llorar.

Lloró amargamente. Lloró su dolor, lloró sus miedos,  lloró sus cargas, lloró sus recuerdos, lloró con rencor y odio. Sus lágrimas bañaron aquel momento, y  solo entonces, sentado allí, supo que ella volvería. Se levantó con afán, porque recordó que tenía una cita en el puente.

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